
Lucía Romero Vega, 1.º B ESO
En los primeros días de septiembre el pequeño pueblo pirenaico de Fresia del Valle bullía de actividad .En el mercado todo eran cuchicheos y murmullos .Todo el mundo hablaba de lo mismo ;la mansión de lo Bordeux había sido vendida por una bagatela a unos extranjeros. La mansión de los Bordeux era una construcción grande, de tres pisos labrados en piedra, ventanas de madera, pizarra en el tejado y una preciosa claraboya en el salón de la última planta. Por dentro, la mansión era ostentosa, toda ella decorada con antiguos muebles de ébano y caoba. Estaba situada en el centro de un bosque de hayas y robles, a las afueras del pueblo. Nadie quería comprarla debido a los extraños sucesos que se habían producido en ella. Siempre había estado rodeada de un halo de misterio.
Era medianoche cuando Diana y sus padres; Imma y Luis llegaron a la nueva casa. Era antigua y se denotaba un estilo clásico, pero aún así se habían realizado algunos cambios: El baño había sido reformado y el salón de la planta más alta estaba ahora ocupado por unos sofás cuadrados de cuero blanco. Diana y sus padres no eran supersticiosos, por eso habían adquirido la mansión, ya que además de ser muy espaciosa era barata.
Diana era una chica de dieciséis años, alta y bastante delgada, como una espiga. Tenía una larga melena castaña, que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Su pelo era liso, demasiado liso para su gusto, suave y sedoso. Sus ojos eran profundos, como dos pozos sin fondo, almendrados y de un color verde grisáceo. Eran impactantes a causa de rimel de la pestañas. Mostraba una expresión triste y seria, pocas veces sonreía. Casi nada le gustaba, para ella todo era igual, vivía en un mundo melancólico. A pesar de eso era valiente y luchadora, siempre intentaba las cosas, hasta que, por insistencia las lograba. Era inteligente aunque las notas en el instituto no fueran brillantes. Era tímida, le costaba hacer nuevos amigos, por eso le encantaba leer.
Diana estaba metida en la cama, sin poder dormir, contemplando con la mirada perdida la que sería su habitación durante muchos años. Ese día se había ido pronto a dormir, pues al día siguiente tenía que ir al instituto. El viento azotaba los cristales de las ventanas con fuerza. Por toda la casa se oían crujidos, golpes y murmullos de voces cavernosas. En ese momento ,Diana recordó las escalofriantes leyendas sobre la casa que se narraban en el pueblo. Las gentes del lugar contaban que la residencia fue construida encima de un antiguo cementerio y que por las noches, los muertos se revolvían en sus tumbas, produciendo ruidos en toda la casa. Estas leyendas se alimentaban con el halo de misterio que siempre rodeó a la vivienda y a sus moradores, la muerte en extrañas circunstancias de estos era otro aliciente más.
Unos escalofríos producidos por el miedo recorrieron su cuerpo. En un momento de lucidez Diana se cubrió la cabeza con el edredón y al cabo de un rato se durmió. A la mañana siguiente el despertador la sacó de sus sombríos sueños. Desayunó apresuradamente, cogió su mochila y salió de casa. Las hojas de los árboles crujían bajo sus pies. Atravesó el pueblo hasta llegar a la parada del autobús. Allí había varias chicos y dos chicas,que,como ella, esperaban el autocar, así conoció a Estela. Estela, al contrario que elle era habladora, sociable, impulsiva y sobre todo muy guapa. Tenía unos ojos azules, cristalinos, como dos zafiros; Una larga y rizada melena pelirroja y unos labios del color de los de los tomates. Cuando llegaron a clase se sentaron juntas. El día transcurrió con normalidad, a pesar de lo que le costaba había hecho dos amigos: Estela y Miguel. Miguel vivía en el pueblo de al lado, llamado Villalobos; era rubio, de ojos castaños y sonrisa pícara; muy bromista y, por mucho que lo disimulara, muy inteligente.
Los padres de Diana no estaban en casa, había salido de viaje, no volverían hasta dentro de dos días, por eso, Diana aprovechó para conocer mejor a los chicos. Se fue con ellos a dar una vuelta, se lo pasaron genial.
Diana corría por la foresta hacia la mansión, era tardísimo. Por la noche la vegetación del bosque parecía más espesa, los árboles creaban extrañas y macabras sombras. Los búhos ululaban en las ramas. Por lo demás todo estaba envuelto en un silencio sepulcral. Diana se esforzaba por correr a la máxima velocidad que le permitían sus piernas, el bosque daba miedo .Entró en casa y subió las escaleras hasta la última planta. La mortecina luz de la luna entraba por la claraboya del salón, bañando de luz los sofás de cuero blanco. Estaba cansada y decidió darse una ducha. Cogió ropa limpia y fue a baño. Después de ducharse se peinó el pelo y se lo secó con el secador. Se quedó mirándose hipnotizada en el espejo, la superficie de cristal parecía oscurecerse por momentos, se ondulaba, como si se transformara en agua. De repente la oscuridad del espejo la engulló.
Miguel estaba jugando con el ordenador y reflexionando sobre lo que Diana le había contado. Comenzó a imaginar explicaciones insólitas para aquellas voces cavernosas y tétricas en medio de la noche . Una idea tomó forma en el fondo de su mente, -¿Qué dirá la Wikipedia de todo esto? – pensó Miguel. Buscó información sobre todos los seres fantásticos, de qué se alimentaban, cómo vivían... Definitivamente aquello no podía ser, menudos disparates.
Pero había tres opciones que podían ser posibles.
¿Y si hubiera un cementerio bajo la casa como afirman los aldeanos?
¿Y si hubiese algún hombre lobo en el bosque?
Y...¿Vampiros tal vez?
Por una extraña razón Miguel pensó que la idea más acertada era la de los vampiros, no se equivocaba.
Miró el Messenger, Estela estaba conectada, habló con ella y quedaron en su casa. Estela al principio se mostraba reticente, en pleno siglo XXI, ¿quién iba a creer en vampiros?. Pero después Miguel la hizo cambiar de opinión. Se prepararon, Miguel talló unas estacas de madera, cogieron los cuchillos de plata del mejor servicio de la madre de Estela y unas cabezas de ajos. Miguel decidió ir el primero para hablar con Diana y explicarle lo que sucedía. Cogió la bici y salió a la carrera hacia casa de Diana. Lo que vio allí no le gustó nada. La casa estaba silenciosa y sólo se oían unos ruidos extraños. Registró toda la casa y cuando ya se iba a ir se dio cuenta de que no había mirado en el baño de abajo. Llamó a la puerta primero, pero el silencio fue el único que le contestó. Entró, no había nadie, observó toda la habitación y sus ojos recayeron en el espejo. Era muy raro, tenía un color muy oscuro, casi negro, mientras lo miraba sentía como el espejo le iba hipnotizando. Rozó suavemente la superficie del espejo con los dedos y se sumergió dentro.
Cuando Diana despertó Diana pudo percibir un fuerte olor a humedad, a sitio cerrado, era un olor acre... Estaba tumbada sobre un altar tallado en piedra rodeada de velas y flores. El altar tenía signos arcanos grabados llenos de un líquido pegajoso, era rojo... era sangre, era... ¡su propia sangre!. A su lado junto al altar había una criatura encorvada que de pronto se volvió. Era horrible; enjuto, de tez pálida y deforme. Sus labios eran rojos y crueles y entre ellos asomaban dos largos y afilados colmillos. Los dientes tenían un color negro amarillento, llenos de sarro y suciedad. Tenía el pelo largo, grasiento y desgreñado. Vestía un antiguo frac lleno de moho y polvo. Era un vampiro. Le sonrió maliciosamente e hizo las presentaciones. Diana supo entonces que debajo de su casa había un antiguo cementerio que ahora se había convertido en el hábitat de unos vampiros.
Miguel se cayó en la tierra barrosa que formaba un sendero entre lo que se asemejaba a césped putrefacto. Se levantó como pudo y siguió andando, tenía los pantalones y las zapatillas llenas de barro. Cuando llevaba un rato caminando por el senderola cartera que llevaba a los hombros le comenzó a pesar. Aún así siguió avanzando, una suave bruma cubría la senda lo que hacía más difícil avanzar. Logró vislumbrar una cabaña pequeña que antes habría pertenecido al enterrador. Anduvo entre lápidas rotas hasta llegar a la choza.Miguel tenía la certeza de que Diana estaba dentro. Sacó de u mochila las cabezas de ajo y las estacas antes de empujar la carcomida puerta.
La puerta cedió, el golpe había sido terrible. Los vampiros se volvieron sobresaltados, acto seguido se volvieron a por Miguel. Él les tiró las cabezas de ajo, pero sólo los paralizó durante unos minutos. Más tarde les atacó con los cuchillos de plata. Muchos se llevaron profundas heridas, otros solamente algunos cortes en la piel. Entonces se fijó en Diana, tenía un aspecto horrible. Estaba blanca como la nieve y a través de su piel se entreveían sus venas de color azul. El pelo tenía un aspecto lacio y sin vida. Estaba inconsciente, Miguel se preguntaba qué le habrían hecho. La cogió en brazos con delicadeza y la sacó de allí. Sus zapatillas se hundían en el barro y la niebla le impedía ver con claridad.
Estela se revolvía inquieta en su cama, Miguel no la había llamado. Se tranquilizó a sí misma, pensando en que tendrían mucho de que hablar. Poco después cayó dormida. Mientras tanto, Miguel y Diana llegaban al lugar donde éste había aparecido. Se sentó encima de una roca blanca, pulida como la superficie del espejo, para descansar. De improviso, con Diana todavía en brazos, apareció en el baño de la mansión. Inmediatamente dejó con cuidado a Diana en el sofá. Luego llamó con el teléfono fijo a Estela contándole lo sucedido.
Diana comenzó a volver en sí, gritaba incoherencias y se convulsionaba violentamente. Miguel logró calmarla y hacerla dormir. Él fue a dormir a su casa . Al día siguiente llamó a Diana, que ya estaba recuperada, para que se reuniera con él y con Estela en casa de ésta. Diana les contó lo que le o hecho : la habían atado al altar y le habían extraído una botella de sangre, que luego se repartieron. Estela horrorizada, juró acabar con ellos y se le ocurrió cómo matarlos. Después de cavilar mucho tiempo trazaron un plan . Esa noche volverían al cementerio subterráneo, los paralizarían con los ajos y los matarían con las estacas.
Todos estaban preparados, con cuchillos de plata, largas estacas, ristras de ajos crucifijos.
Llegó la medianoche, todos se dieron un toque al mismo tiempo. Era la hora. Cada uno salió de casa con su mochila y todo su equipo.
Se encontraron en la puerta de la mansión, entraron y uno detrás de otro se metieron en el espejo del baño .Esta vez aparecieron sobre una lápida rota. Avanzaron con paso ligero sobre el césped putrefacto. La espesa niebla impedía divisar cualquier cosa, por lo que tardaron en encontrar la casita del enterrador, donde se escondían los vampiros.
Los vampiros sabían lo que tramaban y los esperaban con ansia, les iban a tender una emboscada. No tendrían escapatoria.
En cuanto empujaron la puerta de madera una decena de bebedores de sangre se lanzaron sobre ellos. Tan siquiera les dio tiempo a sacar su equipo, sólo Estela logró alcanzar una ristra de ajos, paralizó a muchos vampiros permitiendo que los demás pudieran sacar los cuchillos y las estacas. A la vez que les herían les clavaban una estaca a la altura del corazón. Pelearon con fuerza y entrega, aunque la diferencia numérica jugaba en su contra.
Cuando todo parecía haber acabado y regresaban por el sendero de fango. Diana cayó, arrastrada por una mano mutilada y amarillenta. Sus compañeros al ver que se estaba hundiendo en el barro tiraron de ella. La lograron sacar de lo que parecía un pozo, pero con ella también rescataron de las profundidades a un vampiro, que aprovechó el momento de shock para coger a Diana y morderle con ahínco y avidez el cuello. Unas gotas de sangre mancharon su camiseta blanca. Miguel y Estela contemplaban la escena horrorizados, la furia recorría sus rostros al ver como el vampiro succionaba la sangre de su amiga. Dejándose llevar por un ataque de ira Miguel sacó un puñal de plata y arremetió contra el sanguijuela. Éste sobresaltado dejó a Diana en el suelo y fue a enfrentarse con Miguel, que solo consiguió rasgar sus ropas mohosas. El vampiro se movía con destreza causándole a Miguel numerosas heridas, pero este no se amedrentó y sin que el vampiro lo viese le clavó un puñal en el estómago. Aunque el puñal no lo mató le dio el tiempo necesario para sacar una estaca y clavársela en el corazón.
Diana estaba pálida, con los ojos en blanco y retorciéndose de dolor.
Miguel y Estela sabían que le pasaba, no podían hacer nada, era demasiado tarde, la ponzoña del vampiro se extendía convirtiéndola en un monstruo.
Ambos enterraban sus pensamientos en el fondo de su mente, engañándose a sí mismos. No querían creer que, ahora su mejor amiga era su peor amenaza. Se marcharon de allí antes de que lo que quedaba de Diana despertase, en ese momento era un engendro.
La pesadilla del pueblo acababa de empezar.
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Mario Mateos Veledo, 1.º A ESO
Samuel descendió del tren tan deprisa como pudo, cuando éste por fin se detuvo en la estación de la pequeña aldea de Parenka, el atardecer de aquel viernes a primeros de mayo.
La semana le había salido redonda. El examen de las dos lecciones de mates que tenía atravesadas lo había aprobado y además con buena nota. Por eso, su madre no pudo negarse cuando le preguntó si podía pasar el fin de semana con su tía Carmen, en aquel pueblecito alejado del ruido de la ciudad, que tan buenos recuerdos le traía y donde podía practicar su pasión favorita: cazar mariposas que más tarde, junto con su amiga Clara, volvía a dejar libres en el pequeño huerto que ésta tenía junto a su casa.
Samuel era un muchacho de doce años, bajo y bastante menudo, al que le fascinaba la naturaleza. Tenía una ligera cojera en su pierna izquierda, debido a una extraña enfermedad que había padecido hacía unos años y que estuvo a punto de dejarlo sentado en una silla de ruedas. Pero su valentía, su fuerza de voluntad y el interés que puso un famoso médico en estudiar su enfermedad, le ayudaron a que esto no ocurriera. Por eso, no le daba importancia al hecho de cojear ya que, además, no le quitaba de poder ir detrás de las mariposas en los soleados días de primavera.
Después ir a casa de su tía y darle un enorme abrazo, se fue en busca de Clara. Sabía que la encontraría en la orilla del riachuelo, su lugar preferido, donde disfrutaba mirando los peces a través de sus aguas cristalinas.
Allí pasaron los dos un buen rato hasta que los últimos rayos del sol se ocultaron detrás de las montañas y entonces decidieron regresar a casa para descansar, pues habían quedado en ir al bosque al día siguiente temprano, a observar y atrapar mariposas.
Al amanecer, después de caminar una media hora, llegaron al lugar que habían elegido para pasar el día.
Era un enorme y extenso bosque repleto de árboles y arbustos que ahora, en primavera, estaban llenos de flores de distintos colores y donde las mariposas mezcladas con el amarillo de varias abejas revoloteaban de un lado para otro. Todas eran muy atractivas pero había una que les llamó enormemente la atención. Era de color granate con dos rayas negras en cada una de sus alas y decidieron seguirla. El tiempo fue pasando y después de estar todo el día caminando entre flores, encinas y algún pino, se dispusieron a regresar, pues no tardaría en anochecer. Entonces se dieron cuenta, aterrados, de que no sabían dónde estaban. Aquel lugar era completamente extraño para ellos. Caminaron en todas las direcciones pero por más que intentaban dar con el sendero de vuelta no lo conseguían. Después de mucho deambular se acurrucaron sobre un árbol y, abatidos, se quedaron profundamente dormidos.
Los primeros rayos del sol despertaron a Clara y a Samuel. Estaban tiritando de frío, tanto que los dientes le castañeteaban, así que decidieron encender una hoguera para entrar en calor y a la vez poder llamar la atención con el humo.
Clara tenía la boca seca y le pidió a su compañero que le acercara la botella de agua que tenía dentro de su mochila, éste alargó la mano para cogerla y no se dio cuenta de que una enorme serpiente levantó su cabeza, y blandiendo su lengua le clavó sus dientes en el brazo descargando sobre él todo su veneno. Samuel sintió un profundo dolor y clamó con fuerza. Enseguida Clara, sin pensárselo dos veces, rasgó la manga de su camiseta, y se la ató fuertemente en el antebrazo mientras Samuel chupaba el veneno y lo escupía con rabia. Después todo comenzó a girar a su alrededor hasta quedarse dormido.
Su amiga estaba desesperada y no sabía cómo actuar, estaban perdidos y no lograban salir de allí.
Pasadas unas horas Samuel abrió los ojos e irguiéndose le comentó a Clara que se encontraba mejor. Ésta se tranquilizó un poco y animó a su compañero a caminar algo más para tratar de buscar una salida. Al cabo de un tiempo, agotados y sin fuerzas, se tumbaron debajo de una encina y poco a poco el sueño se apoderó de ellos.
De pronto un aullido estremecedor retumbó en la noche. Samuel y Clara despertaron sobresaltados temiéndose que algún lobo merodeara por los alrededores, así que ayudados por el resplandor de la luna, se arriesgaron a buscar un lugar mas seguro para esconderse e inmediatamente vieron una cueva. A Clara aquel sitio le pareció muy lúgubre pero Samuel la convenció y decidieron entrar. Cuando miraron al fondo se dieron cuenta de que estaban siendo observados por dos enormes ojos que relucían en la oscuridad y que se acercaban cada vez más a ellos. Rápidamente comprendieron atemorizados que era un enorme lobo gris. Enseguida salieron de la cueva. Clara comenzó a correr con todas sus fuerzas sin enterarse de que Samuel se había quedado atrás debido a su cojera. Éste, para despistar al lobo, decidió ir en dirección contraria a su compañera, y al ver una gran roca se ocultó tras ella. Desde aquel lugar, comprobó sorprendido que el lobo no había ido tras ellos sino que se quedaba acechando en la entrada de la cueva.
Samuel no se atrevía a salir de su escondite por miedo al animal, pero deseaba hacerlo, pues no sabía dónde se encontraría su amiga. La conocía muy bien y tenía claro que el miedo no la dejaría parar de correr en toda la noche. Podía haberse alejado demasiado de allí, por eso quería buscarla cuanto antes.
De madrugada, cansado de estar agachado junto a la roca, descubrió que por fin el lobo se había ido y se arriesgó a salir deprisa en busca de Clara. Su preocupación mayor ahora, era encontrarla, por lo que caminó durante mucho tiempo en la misma dirección que la vio correr, vociferó una y otra vez su nombre esperando su respuesta e incluso se atrevió a trepar a un árbol y oteó en todas las direcciones, pero no vio ni rastro de ella. Cuando se disponía a bajar divisó algo que le llamó la atención y que le pareció una cabaña. Ilusionado, se puso en camino hacia aquel lugar con la esperanza de poder encontrar allí a alguien que la ayudara y donde, tal vez, estuviera su compañera.
Un estrecho y largo sendero lo condujo hasta una pequeña choza, pero nada más abrir la puerta, sus esperanzas se desvanecieron al comprobar que aquella vivienda llevaba mucho tiempo deshabitada. Desconsolado, salió fuera y dándose por vencido se sentó en la verde hierba y lloró durante mucho tiempo. Ya no sabía qué hacer, comenzaba a sentir hambre y en su mochila no quedaba nada que llevarse al estómago. Cuando por fin consiguió tranquilizarse un poco, observó como una mariposa granate volaba a su alrededor, y se dio cuenta de que era igual que la que habían seguido Clara y él, el día que terminaron perdiéndose en el bosque. Casi se atrevía a decir que era la misma.
Samuel se levantó y la mariposa comenzó a aletear de flor en flor. Entonces decidió ir tras ella. Nada tenía que perder y quizás lo llevaría hasta un lugar conocido.
Por un momento se olvidó de todo, se dejó llevar por su pasión favorita y disfrutó viendo como la mariposa agitaba las alas, como descansaba en alguna flor y como nuevamente se elevaba hasta encontrar otro lugar donde posarse. Así pasó varias horas persiguiéndola embelesado entre árboles de todas las clases y muchos matorrales llamativos, hasta que de pronto descubrió una enorme encina que le resultaba conocida y en ese momento comprendió que por fin había encontrado el camino para regresar a casa de su tía.
Lleno de ilusión y alegría, aunque muy preocupado por su compañera, inmediatamente se dispuso a ir al pueblo a pedir ayuda para encontrar a Clara. Entonces le extrañó que la mariposa granate llevara mucho tiempo quieta sobre unos arbustos que no tenían flores y cuando decidió acercarse para comprobar lo que le ocurría, de pronto todo su cuerpo se paralizó, al descubrir horrorizado que detrás del matorral su amiga Clara…
Samuel despertó asustado, azorado y sudoroso en su cama, miró a su alrededor y se dio cuenta de que todo había sido un mal sueño, entonces se tranquilizó. Él se encontraba bien y a su lado, su madre sonriente como siempre, le recordó que era hora de levantarse para ir al colegio. Ayudado por ésta consiguió sentarse en su inseparable silla de ruedas y se sintió contento y feliz. Era su último día de clase y por fin podría ir al pueblo de su tía a disfrutar de la naturaleza con la ayuda y compañía de su amiga Clara.
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David Ferrero Peláez, 1.º B ESO

David Ferrero Peláez, 1.º B ESO
Los veranos siempre son fabulosos desde que recuerdo, meses llenos de aventuras, amigos y mucha diversión.
Pero aquel verano fue el más especial, lo que viví me sigue enseñando a vivir.
Llevaba semanas planeando el viaje con mis padres, destino: Lanzarote. Sería mi primera experiencia en avión, y la verdad, me impresionaba un poco… volar no es justamente el medio más apropiado para el ser humano.
Llegó el día y a pesar del cosquilleo que sentía me disponía por fin a disfrutar de la sensación, y el viaje se pasó volando. Llegamos al aeropuerto de Lanzarote y tras conocer nuestro alojamiento nos dispusimos a conocer la isla y comprobar con nuestros propios ojos lo que había leído de ella: es la más oriental de las islas Canarias, en el Atlántico, frente a las costas del sur de Marruecos. Comprobé porque la llaman La isla de los volcanes, su superficie se extiende sobre un manto volcánico. Cuenta nada menos , que con trece parques naturales; el parque de Timanfaya parecía transportarnos a un paisaje lunar de colores ocres y negros de las erupciones volcánicas. Una atracción interesante son los géiseres artificiales: echan agua fría sobre una cámara magmática.
Entre excursión y excursión también disfrutamos de la playa y… ¡menudas playas!: arenas blancas, aguas transparentes y calas escondidas de rocas negras.
Nunca me cansaba de divertirme en el mar y dar mis primeras clases de surf; practicaba con mi tabla hasta quedar exhausto.
Claro, que luego como decían mis padres, ni un volcán en erupción me despertaba.
Pero aquella noche, sí que me despertaron muchos gritos y gente corriendo; alarmado salí en busca de mis padres, a los que no encontré en su habitación. Desorientado, me mezclé con la gente, que iba en dirección a la playa.
A lo lejos, en la orilla, vi a mis padres y a un chico con una tabla de surf acercándose a ellos con… ¡oh, no!, lo que parecía un cadáver.
Con una mezcla de angustia, miedo y curiosidad, me fui acercando más y vi como mi madre intentaba una reanimación como había visto en las películas; eso significaba que esa persona seguía con vida, ¡menos mal!
En esos momentos yo era invisible a ojos de todos, que sólo miraban al mar y a lo que llegaba de él: personas agotadas que ya apenas movían brazos y piernas.
La gente de la orilla lanzaba cuerdas, otros se adentraban con sus tablas intentando salvar algunas vidas. Nunca había presenciado una situación tan horrible.
Desconozco la razón que me llevó a alejarme hacia la pequeña cala donde a veces jugaba a escondidas. Supongo que refugiarme de los gritos de lamento y desesperación que traía ese mar que yo tanto amaba.
Tantas veces había oído en las noticias la llegada de pateras sin pensar más en ello que esos segundos de portada y ahora esa realidad se presentaba ante mis ojos. Esa pobre gente perdía sus vidas por el sueño de otro mundo.
Las lágrimas corrían por mis mejillas, el cuerpo me temblaba, cuando me pareció oír un susurro cerca, me aproximé y vi a un chico entre las rocas que tendía su mano hacia mí. Mis músculos se paralizaron aunque mi mente me decía que debía llamar a alguien para pedir auxilio.
Ya iba a irme cuando el chico me agarró con fuerza suplicando:
-Por favor, ayúdame, no policía, tú.
Vi el miedo en sus ojos al escuchar el sonido de las sirenas que llegaban al lugar. Su mirada suplicante y llena de terror me hizo cogerle de la mano y salir de allí corriendo. Bordeamos la cala en dirección a la puerta trasera del hotel; casi arrastrándole, con todas mis fuerzas, le subí a la habitación sin que nadie nos viera, cosa fácil por otra parte: el hotel estaba desierto.
Ahmed, que así se llamaba, tiritaba; dejé que la bañera se llenara de agua caliente y le indiqué que se metiera.
Busqué ropa mía que se pudiera poner. Me fijé en sus manos grandes y encallecidas, parecían las de un hombre adulto. Luego me acordé de las horas que había pasado sin comer, encontré unas chocolatinas y cuando salió del baño, ya seco, las devoró y me sonrió.
Ahmed hablaba un español parecido a mi inglés de 1º de la E.S.O., pero nos bastó para entendernos. Me contó que tenía quince años aunque su cuerpo me pareció de diez; era de un suburbio cerca de Tánger. Pocas veces iba a la escuela: había que llevar dinero a casa. Poseía nociones de español porque uno de sus muchos trabajos era de niño-guía con los turistas a cambio de algunas monedas. Su madre murió muy joven, su padre trabajaba de gorrilla aparcando coches. Con sus abuelos y sus tíos vivían en una especie de chabola con el suelo de tierra. Muchas noches tenían poca cena para repartir.
Su padre no sabía que se disponía a embarcar en una patera aunque tampoco se veían mucho.
-Lo tenía que intentar-me dijo-sólo tenía una cosa que perder: la vida.
Yo le dejaba hablar, fascinado, ¿qué le iba a contar yo?¿Que quería una nueva consola?¿Que odiaba la verdura que me obligaban a comer?¿Que me cansaba de ir a clase? En un momento que fui a beber agua, Ahmed se quedó profundamente dormido de puro agotamiento.
Yo le contemplaba cuando aparecieron mis padres, en los que ni siquiera había pensado. Les rogué que le dejaran allí, que no avisaran a nadie: era mi amigo.
Mis padres, atónitos me dijeron:
-Vale, se quedará esta noche pero no podrá quedarse con nosotros, las cosas no funcionan así.
Me sentí impotente, ¿no entendían que confiaba en mí? Ahmed sólo quería una oportunidad. Me enfurecí contra todo y todos.
Mis padres trataron de calmarme, por la mañana buscarían una solución.
A la mañana siguiente después de un copioso desayuno que a mi amigo le hizo sentirse de maravilla, mis padres convocaron una reunión: habían estado telefoneando a diversos sitios y tenían la solución: una escuela solidaria en Beni Makada(Tánger), allí tendría una formación, sin embargo en España no tendría oportunidades si ni siquiera saber leer y escribir.
Allí el Real Madrid y el Barcelona abrieron unas escuelas de fútbol solidarias y había una plaza para Ahmed: iría a clase, jugaría al fútbol y tendría profesores de apoyo en todas las tareas.
Ahmed nos observaba con recelo:
-¿Veré a mi familia?-dijo Ahmed.
-Claro-respondió mi madre.
Y por primera vez noté una pizca de luz en sus ojos.
-Le acompañaremos-dije con determinación.
Y mis padres asintieron.
Durante las horas que mis padres dedicaban a esas cosas legales, Ahmed y yo nos divertimos sin parar. Para él todo era nuevo: tiempo para poder jugar sin más preocupaciones, comer lo que le apeteciera, los videojuegos…
En ocasiones miraba con nostalgia al mar, recordaba a los que se quedaron en él y también a su familia, había sido muy duro pensar que no les volvería a ver.
Llegó el día de partir a Tánger, apesadumbrados pero con ilusión viajábamos esta vez en barco.
La escuela era como las de aquí, una maravilla para Ahmed: pabellones deportivos, ordenadores… Todo le entusiasmaba.
Después de conocer a sus compañeros, viajamos a su casa:
-¡Qué pobreza!-pensé al llegar.
La casa no tenía baño, las paredes sucias y mugrientas y el tejado con agujeros y goteras por todas sus partes. Pero la felicidad de su familia era inmensa, tenían a Ahmed con ellos, cuando le creían muerto.
Un cooperante le contó el proyecto para su hijo, sus parientes asintieron humildemente, que Ahmed fuese estudiante era un honor para ellos.
La despedida fue dura pero algo me decía que Ahmed sería feliz.
Hace meses que nos comunicamos por Internet, le encanta la informática y es un artista del balón, igual llega a ser un gran futbolista.
Pero lo más importante es que podrá ser lo que el quiera.
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El jurado del concurso, compuesto por los profesores Don Francisco Prada, Doña Rosana Bartolomé, Doña M. Josefa Cordero y Don Bruno Marcos, ha decidido conceder el premio a la narración que lleva el título "Fuera de casa", escrita por el alumno de tercer curso Martín Molezuelas.
Fueron finalistas del certamen los siguientes títulos:
- "Un giro inesperado", de Judit Gayán, 2.º BACH. HH y CCSS
- "El ánfora infinita", de Christian Clerigué, 1.º ESO
- "Samuel y las mariposas", de Mario Mateos, 1° ESO
El jurado resalta la calidad de las obras presentadas y solicita al Departamento de Lengua y a la Dirección del Centro la concesión de un obsequio a cada uno de los concursantes, que será entregado a su debido momento.
El Departamento agradece la participación y anima a todos los alumnos a participar en los sucesivos concursos.
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Alejandro Rábano Fernández, 3.º B ESO
La guitarra eléctrica se inventó en Estados Unidos durante el siglo XX.
En búsqueda de un mayor poder de sonido, se creó el primer amplificador en 1920; de ahí en adelante fueron muchos los instrumentos que sufrieron alteraciones al diseño acústico tradicional y evolucionaron al diseño eléctrico. La guitarra fue uno de los primeros instrumentos que se adaptaron para amplificarse de forma electrónica y, aunque fueron varios los pioneros que aportaron algo a esto, la primera guitarra inventada y fabricada se le puede atribuir a la marca Rickenbacker. Los primeros guitarristas de jazz veían que no tenían suficiente volumen para competir con el resto de instrumentos de la banda, por lo que fueron ellos quienes adoptaron estos instrumentos. Leo Fender diseñó la primera guitarra eléctrica sólida desmontable y con pocas piezas, para que los músicos no tuvieran problemas al tener que cambiar piezas del instrumento gastadas o rotas por el uso. Era el nacimiento de la Fender Telecaster. Luego vendrían otros modelos (Stratocaster) y otras marcas como Gibson, ESP Guitars o las japonesas Ibanez, Jackson guitars y Yamaha. A continuación tenéis una imagen de laFender Stratocaster.
Este instrumento fue muy usado en las operetas; sin embargo, fue rápidamente adoptado por grupos de Jazz y Blues. Su creación también permitió nuevos estilos musicales, como son el Rock y el Heavy Metal, donde se convirtió en el símbolo de estas nuevas corrientes musicales.
En los años 90 surgió la fábrica Line 6. Esta marca, famosa por sus modeladores de efectos y amplificadores, ha creado la línea de guitarras Variax. Esta guitarra mediante un micrófono piezoeléctrico ubicado en el puente establece la comunicación con un sistema modelador que contiene los sonidos de las más famosas guitarras acústicas y eléctricas. Dentro de éstas están: Gibson Les Paul, 335, 175, Super 400, Explorer, Epiphone Casino, modelos de Gretch, Rickenbacker, las Fender Stratocaster y Telecaster así como acústicas Martin, banjos, cítara, Danelectro o dobro.
Algunas de las más modernas, mediante un cable de red, permiten editar las afinaciones y sonidos a través del ordenador. Son guitarras de apariencia normal con la diferencia de que no poseen micrófonos a la vista. Se trata de modelos como la Variax 300, 500 y 700. Todas ellas esencialmente poseen los mismos sonidos siendo la diferencia mayormente en el hardware. En el 2006 la fábrica incluyó en su diseño a un bajo de similares características.
En el 2007, la compañía Gibson lanzó una nueva guitarra llamada Gibson Robot Guitar que se afina a través de un complejo sistema electrónico, sin intervención del guitarrista. Esta guitarra promete revolucionar al medio por la comodidad ofrecida a los guitarristas: por ejemplo, no se necesitará distintas guitarras afinadas en diferentes tonos durante un concierto, sino tan solo una.
Este es un diseño exclusivo de la marca BC Rich.
Para terminar, es preciso recordar que todas estas guitarras necesitan de un amplificador sin el cual no se escucha nada. Aquí tenéis las fotos de un amplificador a válvulas y de una valvula.
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Martín Molezuelas, 3.º B ESO
Cuando los rusos enviaron a los primeros astronautas al espacio, hace alrededor de medio siglo, se plantearon muchos de los posibles problemas que tendrían sus hombres allí arriba y, entre ellos, el tema del aburrimiento. Y es que los astronautas podrían permanecer días y días sin hacer nada más que flotar en la nave. Por eso se dedicaron a resolver ese problema aprovechando la informática para crear el videojuego que hoy conocemos como ´´Tétrix'', aunque en un principio fue llamado ´´Russia Block''. Pronto algunas empresas e industrias se dieron cuenta de que podían explotar esa idea vendiendo ese juego a la gente, ya que los rusos no lo habían patentado. Debido a esto, hoy cada empresa de informática o tecnologías en general tiene su propia versión del Tétrix. Y es que muchas de las cosas cotidianas de nuestra vida vienen de los viajes espaciales.
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Desde "El blog de Los Valles" queremos saludar a toda la comunidad educativa. A partir de ahora los contenidos nuevos que se vayan incorporando a nuestro antiguo blog, serán añadidos también a éste con el fin de darle un poco de oficialidad. Seguiremos con esta fórmula hasta finales de este curso (2008-2009) para que, los habituados a visitar aquél, tengáis tiempo de informaros de su cierre y del paso definitivo a éste, que tendrá lugar para el curso próximo. Un saludo de bienvenida a todos.
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